
En la primera cita,
las chicas siempre notaban
mi temblor de manos.
Qué te pasa, me decían
con los ojos dulces
de la compasión,
del león que cubre
el cuello de la gacela
con sus dientes.
Yo me miraba los dedos,
pensaba en la hipoglucemia,
en la traición de mi páncreas,
en que no sabía de dónde viene el azúcar.
Me pones nervioso,
era mi respuesta,
la respuesta correcta.
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