Soy Santiago Rodríguez, soy tu hijo. Tengo 30 años, mi madre es Romina.
No debí decirte esto por teléfono hace dos días, ahora me hace falta.
Estás sentado frente a mí, en la sala de tu casa. Llevamos media hora inmóviles.
Lo que he descubierto hasta ahora es que los dos podemos pasar largos ratos en silencio.
Si fuera tú, fantasearía con que esto es una broma, con que el hombre frente a mí se levantará de mi sillón sin poder contener la risa y confesará que es el sobrino de un amigo mío que apostó cien pesos a que me tragaría la historia del hijo perdido.
- ¿Quieres algo de tomar?
- No, gracias.
Te llamas Leonel Rodríguez, eres mi padre. Tienes 57 años, Romina fue tu novia.
Tienes una foto en la mano, en la que aparecen juntos. Yo traigo la mía en la bolsa de la chamarra.
Sí quiero algo de tomar. Whiskey con hielo y una botella de agua mineral. Mi boca está seca. No recuerdo haber tenido la boca seca antes.
- ¿Quieres hablar de algo en especial?
- No sé, ¿qué haces? ¿Trabajas?
- Soy mecánico.
- ¿Boxeabas?
- Sí, hace mucho, no era bueno.
Veinte victorias, cuarenta y seis derrotas, ocho nocauts. Lo busqué en internet. Lo que me sorprendió más fue que los datos de tantos boxeadores mediocres estuvieran almacenados. Me hizo preguntarme si puedes sumar las victorias, las derrotas y los empates de todos, solo para asegurarte de que lo números cuadran. Te encontré con la cara hecha mierda, hinchada, llena de sangre, a blanco y negro. Con esa foto supe que me parezco a ti.
- ¿Tú qué haces?
- Justo ahora, nada.
Hace tres días renuncié. Nadie lo sabe, ni siquiera Jimena. Quiero decirlo ahora pero tengo miedo de que intentes convencerme de que fue un error. Ésta es mi infancia contigo, veinte años después. No quiero que me lleves de la mano a pedirle perdón a mi jefe. No quiero que me juzgues. Así se siente tener un padre.
- ¿Te gusta el box?
- Nunca he ido a una pelea.
- Bien, no es un espectáculo agradable.
Sonreímos por primera vez. Tienes manos grandes, dos dedos claramente chuecos en la izquierda. Todo tu cuerpo me parece ahora un poco desproporcionado, como si nunca te hubieras repuesto por completo de la golpiza que le dieron en la foto que vi. Jimena tampoco sabe que estoy aquí, ni que descubrí tu existencia. Ahora mismo está en el hospital.
- ¿Tienes familia?
- Vivo con mi novia.
Me sorprende que hayas preguntado primero. Aunque por lo que veo, vives solo. Hay un rompecabezas incompleto en la mesa entre los dos, muestra el Golden Gate. Tienes mucho tiempo libre. ¿De qué me he perdido? Podrías haberme enseñado a desarmar un motor y a pelear. No es poco. Las tres veces que he peleado en la vida, me han reventado el hocico por no saber levantar las manos.
- ¿Te gustan?
- Es el primero que armo, me lo regaló una amiga.
- Qué raro.
- Le conté de una pelea que tuve en San Francisco y que no había visto el Golden Gate. No pude caminar bien una semana, no tenía ganas de pasear.
- ¿Ganaste?
- Sí, nocaut en el décimo.
- ¿Te gustaba?
- Al principio, sí. Luego me di cuenta de que me lastimaba más cuando ganaba. Debí de haberlo dejado ahí.
- ¿Cuándo lo descubriste?
- A la quinta pelea.
Nos cansamos de hablar. Te levantas y traes una botella de ron, dos vasos, una cubeta con hielo. Sirves en los dos. Me gustaría que te fueras para examinar el cuarto. Hay discos en un estante, una jaula con un pájaro rojo en su interior, más botellas, un televisor conectado a un DVD junto a un montón de películas pirata en sobres de plástico. ¿Tienes discos de funk, de Creedence, de salsa? ¿Tienes porno?
- ¿Tu mamá?
- Murió hace dos años.
Me preparo para que digas que lo sientes. No lo haces, gracias. El ron sabe bien, aunque no reconozco la marca. ¿Te gustaría saber que tu exnovia se mató en la carretera? ¿A mí me gustaría no saberlo? Lo que quisiera es tener más preguntas pero he tenido mucho tiempo para investigar por mi cuenta. La familia de mi mamá no te quería. Desapareciste dos meses antes del parto. Es posible que mi abuelo te haya amenazado con matarte o matar a tu hermana. No lo dudo, el cabrón era capaz de eso y más. Mi madre lo sabía pero tampoco intentó buscarte después, no guardó fotos ni cartas ni nada. Rencor sí, muchísimo, aunque no exclusivamente para ti.
- ¿Tuviste otros hijos?
- No.
Devuelvo la cortesía y me limito a tomar más ron. Mi teléfono celular lleva varios minutos vibrando en mi bolsillo junto a la foto en la que mi madre me abraza hace quince años. No sé si lo notas, puede escucharse porque tu casa está en completo silencio, pero no parece incomodarte.
- Tengo que irme.
- Te acompaño.
Al lado del auto, me pides que espere un momento. Entras de nuevo a tu casa, aprovecho para apagar el celular. Treinta llamadas perdidas, cuatro mensajes de texto idénticos. Cuando sales de nuevo, traes una bolsa de papel estraza en las manos. Adentro hay dos guantes rojos de box.
- No se ven mal colgados en la pared, si los quieres.
Abro la cajuela y los pongo al lado de mi maleta.
- Voy a cambiar de número de teléfono, cuando lo tenga, te llamo para dártelo.
Asientes y me tomas del brazo para darme la mano. Yo hago ese mismo gesto desde siempre. Mientras me alejo, puedo ver a través del retrovisor que me sigues con la mirada. Enciendo un cigarro, no puedo creer que he pasado las últimas dos horas contigo sin fumar. Mi hija está naciendo ahora mismo. Me pregunto si tomará del brazo a la gente para despedirse.
- ¿Tienes familia?
- Vivo con mi novia.
Me sorprende que hayas preguntado primero. Aunque por lo que veo, vives solo. Hay un rompecabezas incompleto en la mesa entre los dos, muestra el Golden Gate. Tienes mucho tiempo libre. ¿De qué me he perdido? Podrías haberme enseñado a desarmar un motor y a pelear. No es poco. Las tres veces que he peleado en la vida, me han reventado el hocico por no saber levantar las manos.
- ¿Te gustan?
- Es el primero que armo, me lo regaló una amiga.
- Qué raro.
- Le conté de una pelea que tuve en San Francisco y que no había visto el Golden Gate. No pude caminar bien una semana, no tenía ganas de pasear.
- ¿Ganaste?
- Sí, nocaut en el décimo.
- ¿Te gustaba?
- Al principio, sí. Luego me di cuenta de que me lastimaba más cuando ganaba. Debí de haberlo dejado ahí.
- ¿Cuándo lo descubriste?
- A la quinta pelea.
Nos cansamos de hablar. Te levantas y traes una botella de ron, dos vasos, una cubeta con hielo. Sirves en los dos. Me gustaría que te fueras para examinar el cuarto. Hay discos en un estante, una jaula con un pájaro rojo en su interior, más botellas, un televisor conectado a un DVD junto a un montón de películas pirata en sobres de plástico. ¿Tienes discos de funk, de Creedence, de salsa? ¿Tienes porno?
- ¿Tu mamá?
- Murió hace dos años.
Me preparo para que digas que lo sientes. No lo haces, gracias. El ron sabe bien, aunque no reconozco la marca. ¿Te gustaría saber que tu exnovia se mató en la carretera? ¿A mí me gustaría no saberlo? Lo que quisiera es tener más preguntas pero he tenido mucho tiempo para investigar por mi cuenta. La familia de mi mamá no te quería. Desapareciste dos meses antes del parto. Es posible que mi abuelo te haya amenazado con matarte o matar a tu hermana. No lo dudo, el cabrón era capaz de eso y más. Mi madre lo sabía pero tampoco intentó buscarte después, no guardó fotos ni cartas ni nada. Rencor sí, muchísimo, aunque no exclusivamente para ti.
- ¿Tuviste otros hijos?
- No.
Devuelvo la cortesía y me limito a tomar más ron. Mi teléfono celular lleva varios minutos vibrando en mi bolsillo junto a la foto en la que mi madre me abraza hace quince años. No sé si lo notas, puede escucharse porque tu casa está en completo silencio, pero no parece incomodarte.
- Tengo que irme.
- Te acompaño.
Al lado del auto, me pides que espere un momento. Entras de nuevo a tu casa, aprovecho para apagar el celular. Treinta llamadas perdidas, cuatro mensajes de texto idénticos. Cuando sales de nuevo, traes una bolsa de papel estraza en las manos. Adentro hay dos guantes rojos de box.
- No se ven mal colgados en la pared, si los quieres.
Abro la cajuela y los pongo al lado de mi maleta.
- Voy a cambiar de número de teléfono, cuando lo tenga, te llamo para dártelo.
Asientes y me tomas del brazo para darme la mano. Yo hago ese mismo gesto desde siempre. Mientras me alejo, puedo ver a través del retrovisor que me sigues con la mirada. Enciendo un cigarro, no puedo creer que he pasado las últimas dos horas contigo sin fumar. Mi hija está naciendo ahora mismo. Me pregunto si tomará del brazo a la gente para despedirse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario