Una valla publicitaria pregunta
en mi camino a casa:
¿te gusta ser quien eres?
Como un enfermo mental
que no distingue las letras
de los sonidos,
respondo en voz alta: no.
Cada mañana tengo la oportunidad
de llamarme como quiera.
Sebastián es un nombre que me gusta
y no quiero tener otro hijo.
Yo podría ser mi propio hijo.
Sería tan fácil,
en un arrebato de sinceridad,
admitir que no quiero conservar
el recuerdo de una infancia
en la que creía tener la cabeza muy grande
y el cuerpo demasiado menudo.
De nada me sirve
el rechazo de mujeres
que no me recuerdan,
ni el odio de las que me recuerdan.
Quizá me volvería más ligero
sin los últimos ocho años
de oficina, cuotas
y revisiones policiacas.
No aprendí nada
y no creo que nadie aprenda nada
de cosas tan tristes y triviales.
Tal vez si dejara caer todo esto
definitivamente hacia el pasado
dentro de una bolsa negra de plástico
la joroba de mi espalda se enderezaría
y mis pies al fin se despegarían del suelo.
Mi vida sería permanecer
tumbado en un césped
bajo la caricia del agua de los aspersores.
Sebastián Sosa, hijo de Jorge Sosa
(el que no jugó para los Bravos de Atlanta),
bajo un puente contando chistes
a cambio de monedas
no se arrepiente de nada.
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