Me pongo nervioso
cada vez que piden mi firma
en un banco o una oficina de gobierno.
No puedo creer que me tomen en serio.
Cuando el empleado la mira
estoy seguro de que romperá el papel
y me pedirá retirarme en silencio.
Yo lo haría, agradecido
de que no hubiera llamado a sus compañeros
para mostrarles el documento arruinado.
Ellos saben que tengo los bolsillos
llenos de dulces,
nunca he tenido una agenda
y aprieto todos los botones de los elevadores.
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