Gustavo Pardo observa a su nieto de cinco años que dibuja en el suelo de la terraza.
- Santi, ven.
El niño se pone de pie y se acerca al viejo. Obediente, silencioso, como el mesero de un restaurante caro.
- ¿Dónde está tu mamá?
Santiago no sabe la respuesta pero no se atreve a decirlo. Se limita a mirar a su abuelo fijamente, trata de disimular el miedo, hace tiempo. Ninguna idea. Se resigna, baja la mirada.
(Pésimos instintos, cuando menos debería levantar las manos, tratar de cubrirse. Lo van a matar cuando empiece la pelea real.)
- Vamos a buscarla.
Santiago nota que su abuelo está animado, incluso lo toma de la mano en el camino hacia el garage. Se suben al coche y el chofer maneja, nadie habla. Se estacionan frente a la heladería. Romina y Leonel comparten una mesa en el interior del local.
Es la primera vez que el niño ve al hombre bajo y delgado que en ese momento discute con su madre. Quiere bajarse del auto pero Gustavo observa la escena satisfecho y lo mantiene así en su asiento.
(Parece una estatua, recibe el primer golpe al cuerpo sin dar siquiera un paso atrás, su oponente lo tiene controlado como a una marioneta.)
La pareja se reconcilia mientras salen a la calle y toman un taxi. El chofer lo sigue a una distancia prudente. No necesita acercarse, sabe a dónde va. Se detiene en una esquina desde donde tienen a la vista la puerta de una casa vieja. Gustavo saca su teléfono celular y marca mirando fijamente a su nieto.
- Romina, ¿dónde estás? Santi se cayó por la escalera. No sé, le duele el brazo. Ya llamé al doctor.
Cuelga de manera súbita. Santiago está a punto de decir algo cuando su madre sale del edificio y se aleja intentando detener taxis.
(Ya respira por la boca y no han pasado tres rounds. A éste lo sacaron de la cama y lo pusieron en el ring.)
- Espérame.
El viejo y el chofer se acercan a la puerta, tocan con violencia tres veces. El hombre de la heladería abre desconcertado al verlos. Se ve más alto ahora, comparado con Gustavo. El chofer intenta tomar del brazo a Leonel que responde con un golpe seco al estómago que lo obliga a poner una rodilla en el suelo. El abuelo no se inmuta y señala el auto estacionado. A Santiago le da miedo la mirada que siente directa hacia él. Los tres entran a la casa.
(Se había acabado antes de empezar, igual que la carrera de este joven que claramente estaba demasiado verde para el castigo que le han propinado esta noche. Para el ganador ha sido un paseo.)
Veinte minutos después, el auto se ha puesto en marcha de nuevo. Santiago se había quedado dormido, despierta con el sonido del tráfico, tiembla cuando advierte que el brazo de su abuelo lo rodea, nota una extraña pelusa roja en la manga del saco. Hoy es el día que ha conocido a su padre y las plumas de un cardenal, aunque no lo sepa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario