Uno de mis primeros trabajos fue corrigiendo textos, gracias a amigxs muy consideradxs que me hicieron un lugar en ese oficio y me enseñaron mucho. Hace poco me di cuenta de que es una de las actividades que menos disfruto. Corregir es muy ingrato para mí. No puedo sacudirme la sensación de que, sin importar cuánto tiempo o energía le dedique, a lo más a lo que puedo aspirar es a que el resultado"no esté mal".
Antes de mi breve paso por los procesos editoriales, fui mesero. Tengo un recuerdo placentero de comensales que agradecían mis atenciones. Mi hija dice que es culpa de que mi Luna y mi Ascendente son Libra, mi destino astral es vivir para complacer. En alguno de los perfiles que he usado en apps para conocer gente, hago énfasis en cuánto me gusta hacer reír a los demás.
Nadie nota la ausencia de errores en el instructivo de su electrodoméstico nuevo o la página de internet donde compra ropa. En cambio, es bastante aceptado burlarse de los community managers que olvidan un acento en un post de redes sociales. Es muy normal cometer errores al corregir textos. No hay libro sin erratas, dicen.
En este desierto de aburrimiento, todos formamos parte de la burocracia de "no estar mal". Nadie nota los zapatos aseados a diario, pero una bragueta abierta brilla como el sol.
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Nunca había puesto una ofrenda en casa. Este año puse para mi papá y el papá de Ánuar. No se conocieron pero ambos fumaban y tomaban café. Creo que subestimamos el meme de Twitter de "son los papás".

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