Un niñito solo debe aprender
a decir ailóviu
en cualquier idioma.
No necesita más.
Los nombres de la gente
que habita su vecindario,
de la sopa que le gusta,
de su luchador favorito de sumo,
son información inútil.
Los demás ya mordimos
el anzuelo de las palabras
y de ese hoyo en nuestro paladar
nacen la enfermedad,
el hambre y la locura.

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