Rodrigo y Manuel se burlan
de las fotografías que publico en internet.
Un pedacito de una pared que me gustó,
las hojas de una planta,
una escalera oscura,
la pintura desgastada de un juego mecánico.
Tienen razón,
yo soy tonto así.
Me alegra escucharlos
y comer juntos
mientras recorremos los pasillos infernales
de un videojuego de terror.
Me duele la boca,
tengo miedo del futuro y las deudas
que tengo pendientes sin saberlo.
Sé que, quizá por primera vez,
está bien que escriba
porque también tengo miedo
de escribir.
En la pantalla, un monstruo
sin brazos nos escupe ácido
y yo pienso:
ese mueble detrás del monstruo
se ve muy bonito,
parece de madera,
se ve mejor roto que entero.
(Quiero decir, ese mueble siempre estuvo roto,
los diseñadores del juego no lo hicieron nuevo
y después lo rompieron,
creo que fue la mejor decisión.)
El monstruo puede matarnos
pero nosotros volveremos a intentar derrotarlo
una y otra vez.
Como la vida, pero al revés.
Si se pudiera,
también sacaría fotografías
del sonido de las risas de mis amigos.

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