Nunca se puede saber con certeza
cuál es el contenido de la bebida
que reposa en el vaso de un bar
frente a nuestros ojos.
¿Qué hay en el trago?
No lo sabe
ni el mesero,
ni el bartender,
ni el fabricante del licor que ordenamos.
Lo que hay en el trago
no lo pueden describir
ni Lovecraft,
ni Poe,
ni San Juan.

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