Ariana Grande y yo nos maquillamos juntos

Ella sabe que soy malo con el delineador

y me ayuda

mientras le cuento historias.

A Ariana le gustan las anécdotas

de policías que terminan humillados.


He fallado en todo, le digo

mientras ella recorre con el lápiz negro

el límite mi párpado.


Su pulso es perfecto,

a pesar de que noto sus pupilas

buscando las mías

en un movimiento tan rápido

que parece un temblor,

un nistagmo con una sola repetición.


    Dos chicos entraron a un supermercado

    a pintar grafitis de madrugada,

    un guardia los persiguió

    pero consiguieron encerrarlo

    en un clóset para escobas y trapeadores.


    Los artistas se dieron el tiempo de terminar sus obras

    y al guardia lo encontraron 10 horas después,

    todo quedó grabado en el sistema de videovigilancia.


Nos servimos mezcal

en copas de champaña

y nos tomamos una selfie.


He fallado en todo, Ariana.

Mi boca se seca

después de tres o cuatro palabras.

En lugar de cocinar,

vigilo las llamas de la estufa

como si fueran mis prisioneras.

Siento que al caminar por la calle

se me escurren hacia el asfalto

los intestinos, las canciones,

los dientes.

    Enséñame una coreografía.




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