Cuando era niño, mis papás no sabían si estaba triste o enojado. Eso es lo único que cualquier persona realmente necesita saber acerca de mí. Un niñito menudo, callado, incapaz de expresar lo que siente.
Puede que haya cosas imposibles de aprender o enseñar. Qué desesperante debió haber sido para el muchachito que fui.
Me tapaba la boca con la mano derecha casi todo el tiempo. Eso seguro lo puede analizar cualquier especialista en salud mental.
Ahora te quiero decir que casi nunca sé lo que estás pensando pero me doy cuenta de que estaría mal decírtelo. No sé lo que piensa nadie y nunca ha sido un problema. Más bien no me interesa mucho lo que está pensando la mayoría de las personas. Lo adecuado sería que me interesara lo que deciden que yo sepa.
La privacidad es linda. El mundo interior, el que es nuestro sin remedio ni negociación. Las partes suaves de nuestra mente, como la carne después de cocerla bien. No es algo que debería estar expuesto para el cuchillo y el tenedor de los demás.
Terminé de leer una novela en la que al final la protagonista organiza una gran cena y piensa en lo poco que se va a repetir por el resto de su vida estar cerca de tantas personas que quiere. No lo esperaba y me dio miedo leer con tanta claridad un pensamiento tan obvio, me dio ganas de llorar.
Muchas veces creo que lo que me da valor es poder decir algo peculiar a las personas cercanas a mí. Algo que les haga reír, por ejemplo. Algo que nunca hayan pensado acerca de lo que les preocupa. Cuando digo valor, quiero decir que es algo que las personas aprecien y las haga sentir vistas, una virtud, una moneda de cambio para su afecto y atención.
Está bien que no sepa lo que piensas. Así de bien como que amanezca o como que haya un huracán. Está bien porque forma parte del sistema de hilos que sostienen nuestra existencia, nuestra posibilidad de vivir.
Me doy cuenta de que no te tapas la boca.
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